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La primera y gran diferencia es obvia. Esta es que cuando se invierte a nombre propio, la persona es responsable por esa inversión, no tan solo de las utilidades y las pérdidas, sino también de los impuestos y de los derechos y obligaciones que el invertir, ya sea en valores, en activos, o negocios, implica. Mientras que el invertir a través de una empresa o estructura legal no siempre es el caso. Es importante hacer hincapié aquí, en cuanto a que muchas empresas o estructuras no son creadas o implementadas para necesariamente evitar o reducir los riesgos de la inversión o la responsabilidad civil o fiscal para su dueño o accionista, aún en el caso de que se utilicen fideicomisos irrevocables o empresas constituidas en ciertas jurisdicciones extranjeras. Por ello, es importante consultar un abogado experto en la materia que entienda las necesidades y la cultura del cliente y elaborar un plan de protección de acuerdo a ellas.